Esta etapa, en la que estamos tratando de sobrevivir dignamente a una epidemia letal, a un virus no del todo conocido, tenemos como problema añadido una situación extraña que se traduce en utilizar los medios de asepsia ante la enfermedad como arma de protesta arrojadiza a las autoridades sanitarias y gubernamentales.

Desde la época de la mal llamada gripe española, existen instrucciones de protección ante la enfermedad y que contamos entre otras, con la higiene: lavado de manos, aireado de habitaciones y la mascarilla facial que aminora la transmisión del virus. No es algo exótico ni medida milagrosa o novedosa. Se conoce desde hace al menos un siglo para el común de los mortales.

La mascarilla, que no fue recomendada durante las primeras semanas de la afección muy posiblemente porque no había existencias de la misma, ni en la red sanitaria ni en las farmacias, provocó una carencia que posiblemente haya facilitado un mayor contagio que ha ido disminuyendo en la medida en que hemos ido aprendiendo las medidas de higiene extrema y su uso en nuestros desplazamientos y convivencia, ante la sospecha de ser vulnerables o sospechosos de contagio.

No se comprende muy bien que grupos de personas con un nivel cultural más que suficiente, estén poniendo su vida y la de su entorno en peligro, máxime cuando muestran una actitud asocial y una agresividad para con sus allegados intolerable.

Desde nuestra Asociación de Vecinos nos hemos unido en todas las ocasiones posibles al llamamiento de responsabilidad y respeto, de solidaridad y empatía, de conciencia social. Y lo seguimos haciendo. Salvo excepciones muy limitadas, no existen ni excusas ni razones sanitarias lo suficientemente severas como para poner a nadie en situación de contagio por capricho o por una supuesta demostración de independencia y libre albedrío.

Existen muchas razones e injusticias en nuestro entorno, en nuestra ciudad, país, Europea y el mundo por las que podemos luchar, a las que podemos dar nuestro apoyo. Un comportamiento antisocial, dañino y tremendamente costoso en salud, vidas y azote a nuestra economía solo muestra un desprecio insólito.

Es por ello por lo que recomendamos que aunque sea molesto, aunque nos de calor, aunque nos produzca algo de agobio, la usemos. El beneficio sobrepasa con creces las molestias que produce.
Recuerda que, si me ves usando una mascarilla en público, en la calle o mientras compro, quiero que sepas que…

  • Soy tu vecino, suficientemente formado como para saber que podría ser asintomático y aún así contagiarte el virus.
  • No, no “vivo con miedo” al virus; sólo quiero ser parte de la solución, no del problema.
  • No veo que por este motivo el “gobierno me controle”. Siento que soy un adulto que contribuye a la seguridad de nuestra sociedad y quiero enseñar a otros lo mismo.
  • Si todos pudiéramos vivir teniendo en cuenta a los demás, el mundo entero sería un lugar mucho mejor.
  • Usar una mascarilla no me hace débil, timorato, estúpido ni “controlado”. Muestra que me concierne el bienestar de propios y ajenos.
  • Cuando pienses en tu apariencia, incomodidad o en la opinión que otras personas puedan tener de ti, imagina a un ser querido –un niño, un padre, una madre, un abuelo, una tía, un tío o incluso un extraño— conectado en un respirador, solo, sin ti u otro miembro de la familia al que se le permita estar al lado de su cama.
  • Pregúntate si podrías haberlos ayudado un poco usando una mascarilla.