Todos los años, la vuelta al cole en septiembre se dibuja como unas semanas de locura en las que entre comprar libros, buscar los que no se encuentran, pagar las enormes facturas por el material escolar y salir de todo ello con cierta dignidad, convierten esta etapa en momento para intentar pasar página.

Este año todavía se presenta con mayores problemas. Desde el mes de marzo de 2020 en que se declaró lo que podría denominarse hoy el primer confinamiento, la Escuela lleva haciendo encaje de bolillos para normalizar la enseñanza en condiciones de extrema anormalidad mediante plataformas digitales improvisadas muchas de ellas inoperantes o de gran complicación, aquellas que por ser oficiales, deberían haber estado operativas y todos, profesorado y alumnos, familiarizados con ellas. Esto no fue así y de esa época previa a las vacaciones, muchos guardan una memoria de pesadilla.

Los niños y niñas de este país han recibido un trato poco considerado por parte de las autoridades. Por un lado, han sufrido un confinamiento largo y con una carga escolar muy fuerte. Las autoridades educativas a través de la Inspección, han ido marcando un ritmo brutal para situaciones de familias que o no tenían los medios, los conocimientos técnicos, tenían enfermos o bien estaban inmersos en el teletrabajo o en conseguir tramitar ERTEs o Prestaciones y, los docentes tratando de cumplir los contenidos de cada asignatura y viviendo un sentimiento de incomprensión y hostilidad real porque ni los medios eran idóneos ni los confinados deberían haber sido sometidos a esa presión. Añadamos al encierro, la supresión de zonas de juego que siguen clausuradas incluso ahora.

Desde que terminó el curso anterior, todos hemos estado esperando para ver la organización del nuevo en el que se debían cumplir, además de la función pedagógica, una añadida que consistía en evitar en la medida de lo posible, contagios y propagación de la epidemia de Covid-19. Muchos hemos esperado en vano a que se definieran los medios –hoy ya definido el marco— confiamos en que todos se pongan a trabajar para lograr la distancia social, se contrate al personal adicional necesario para llevarlo a cabo y la forma temporal de ampliar los espacios ya que las aulas, aseos, comedores o patios no garantizan que existan suficientes medios para lograrlo.

Y aquí estamos, prácticamente en septiembre y el caos se puede ver a la vuelta de la esquina mientras los datos de propagación del virus nos muestran un panorama muy preocupante al que añadiremos el ejercicio necesario de la Educación de nuestros menores y adolescentes de los que hoy sabemos ya que pueden sufrir la enfermedad y desde luego son elementos de contagio demostrado porque entre sus actividades normales está la necesidad que tienen de cercanía en sus juegos, teniendo además en cuenta que llevan meses de aislamiento, muchos de ellos reencontrándose con sus compañeros tras un largo periodo.

La gran pregunta es: Si es imperativa la educación presencial, ¿cómo se va a lograr si a fecha de hoy no se han contratado profesoras/es, no se han habilitado espacios alternativos tanto como aulas y/o aseos, no se ha previsto un aumento de personal auxiliar, no sabemos si en su labor de conciliación, se habilitarán comedores y dónde, no existe personal sanitario que reconozca la enfermedad en un centro y no se ha apelado a que las empresas colaboren en la necesaria conciliación de sus trabajadoras/es?

Cualquier medida que en los próximos días se lleve a cabo será, al menos para quienes contemplamos pendientes pero impotentes, una catástrofe en ciernes desde el punto de vista escolar y el sanitario. Solamente si se invierte en el personal y los medios existe alguna probabilidad de reconducir esta locura.
Esperemos un milagro, esperemos responsabilidad.