El modelo económico en el que nos ha tocado vivir, un capitalismo “salvaje” al que no cabe poner ningún paliativo, nos lleva por la senda de la aniquilación de la especie humana a mayor gloria de la cuenta de resultados, nueva deidad de los hierofantes del capital. Hemos pasado de adorar al becerro de oro, que ya era mala cosa, a adorar el oro del becerro.

No importa que estemos destruyendo el planeta, calentamiento global, contaminación del agua, destrucción de la capa de ozono, etc., si con eso seguimos consiguiendo beneficios. Y por si tuviéramos pocos problemas, aparece una pandemia que ha causado miles de muertos y mucho nos tememos que causará muchos más.

Es lo que hay, nos dirán muchos a quienes la sola idea de pensar en mover un dedo para cambiar las cosas les produce una fatiga absolutamente incapacitante. Otros, en cambio, nos dirán que es una “plandemia” orquestada por las fuerzas del mal para que nosotros, los infelices habitantes de Cubazuela del Norte, seamos controlados y paseados con bozal. Y otros muchos, ante la imperiosa necesidad económica, estarán dispuestos a cualquier sacrificio incluido en de sus propias vidas y las de sus familias.

En este contexto no debemos olvidar quienes son los que siempre ganan por muy dura que sea la crisis económica. Y quienes somos los que siempre perdemos. Reflexionemos sobre ello.
El dilema que afrontamos es: ¿en qué clase de mundo queremos vivir?

De un lado el sistema económico que ya tenemos y que tan bien conocemos, con su selección natural (sólo sobrevivirán los más adaptados) sus crecimientos a costa de lo que sea (literalmente) y sus colaboraciones publico-privadas (la parte pública pone el dinero y la privada lo hace desaparecer en paraísos fiscales) Si tienen que morir los viejos, que mueran, pero la economía no se puede parar.
Del otro lado, en cambio, no tenemos nada más allá de algunas buenas ideas y algunos buenos propósitos. Escaso bagaje para hacer frente a todas fuerzas alineadas en el campo contrario. Pero sí tenemos algo muy importante, tenemos razón. Y tenemos la obligación moral de intentarlo aun a sabiendas de las pocas posibilidades que tenemos de conseguir algo.

El modelo vigente, ahí lo tenemos, resquebrajándose por los cuatro costados mientras los enloquecidos maquinistas gritan ¡Más madera!

El modelo por venir, si es que queremos dejar a nuestros descendientes una sociedad que podamos llamar mínimamente humana, está por hacer y toca remangarse y ponerse a trabajar con todas nuestras fuerzas si queremos salvar un mundo en el que merezca la pena vivir y ser ciudadano de él.

Y no me vale que me digan que las cosas siempre han sido así. Si siempre han sido así y están mal, que se cambien. Que ya toca. Que si el rey va desnudo lo digamos y no nos conformemos con mirar para otro lado. Que ya no es posible dilatarlo más.

¿Cómo se ha de hacer? Pues con la aportación de todos, el esfuerzo de todos y la solidaridad, toneladas de solidaridad.

No es la primera vez que la humanidad se juega la existencia frente a la barbarie. ¿Lo conseguiremos? Yo creo que sí.